Este proyecto nació en una sala de mercados donde tres analistas compartían credenciales porque el lector biométrico fallaba con las manos sudadas. IrisGuard trabaja desde entonces en un problema concreto: que la validación de identidad en un terminal institucional no dependa de la buena voluntad de quien se sienta frente a la pantalla. Reunimos a ingenieros de sensores, especialistas en seguridad física y operadores de mesa para construir hardware que resista el turno completo, no solo la demo.
IrisGuard nació de una conversación incómoda en una mesa de renta variable: los controles de acceso habían mejorado en el plano digital, pero la puerta física seguía siendo el punto débil. Un analista con credenciales válidas podía ser suplantado por alguien con una máscara de silicona bien hecha, y el sistema no lo notaba. Empezamos a trabajar con módulos infrarrojos multiespectrales y reconstrucción 3D porque entendimos que la identidad no se valida solo con una imagen plana: se valida con emisividad térmica, profundidad y reflectancia en bandas que el ojo no ve.
No somos un laboratorio que vende una idea. Somos el equipo que se sienta con el responsable de seguridad de la mesa, mide el reflejo de las pantallas curvas, ajusta el umbral de confianza y decide qué hacer cuando un sensor no alcanza el nivel exigido. Nos importa el cableado, la fatiga de los conectores USB-C y el ruido de fondo en una sala con cientos de terminales encendidos. Ese detalle es lo que separa una demo de un despliegue real.
Etapas de despliegue y validación en campo
La adopción de sensores infrarrojos multiespectrales no ocurrió de un día para otro. Fue un recorrido de pruebas en laboratorio, ajustes de calibración y despliegues parciales en salas de operaciones reales. Estas son las etapas que marcaron el ritmo del proyecto, con las decisiones técnicas que se tomaron en cada tramo y los problemas que aparecieron en el camino.
El punto de partida fueron dos estaciones aisladas en un banco de pruebas, con sensores SWIR conectados por USB-C y una cámara RGB de referencia. La calibración inicial exigía mantener temperatura estable y evitar reflejos directos sobre la superficie del rostro. Se documentó la emisividad térmica de cada operador y se comparó contra réplicas de silicona de distinta densidad. La conclusión fue clara: la banda SWIR separaba bien el material sintético, pero necesitaba apoyo de reconstrucción 3D para no fallar con iluminación lateral.
El salto al puesto real obligó a rediseñar el soporte. El sensor debía quedar a una distancia fija del rostro del analista, sin invadir la zona de pantallas ni interferir con el cableado existente. Se optó por un brazo articulado que comparte anclaje con el monitor y un tramo corto de USB-C hasta el hub de la estación. Durante esta fase se midió el consumo de ancho de banda y se ajustó la frecuencia de captura para no competir con los flujos de datos de mercado.
Con el hardware ya montado, el siguiente paso fue someterlo a ataques controlados. Se probaron máscaras de silicona de distintos espesores, algunas con acabado mate y otras con recubrimiento brillante. Los sensores IR detectaron la mayoría por diferencia de emisividad, pero aparecieron falsos negativos cuando la máscara se mantenía a temperatura corporal durante varios minutos. Ese hallazgo obligó a añadir una segunda banda espectral y a exigir dos lecturas consecutivas antes de conceder acceso.
El primer rollout real se hizo sobre una mesa de renta variable con doce analistas, organizado por turnos para no interrumpir la sesión de mercado. Cada jornada se instalaban dos o tres módulos, se validaba la calibración individual y se registraba la huella térmica de cada operador. Las incidencias más repetidas fueron los reflejos en pantallas curvas y la fatiga de los conectores USB-C tras varias reconexiones. El piloto dejó un protocolo de instalación que después se reutilizó en salas más grandes.
Tras el piloto, el equipo fijó un procedimiento único de instalación, calibración y verificación periódica. Se definieron umbrales de confianza, rutinas de limpieza de lentes y una revisión trimestral de la deriva térmica de cada sensor. El soporte pasó a ser parte del ciclo: cualquier lectura por debajo del umbral se revisa con el analista antes de bloquear el acceso. La meta no era eliminar el error, sino hacer que el coste de un ataque físico fuera mucho mayor que el de operar con normalidad.
El primer banco de pruebas fue una mesa de renta variable en Mendoza. Tres analistas, un sensor IR colgado del brazo del monitor y una pregunta incómoda: ¿cuánto tarda una validación multiespectral en interrumpir una orden? La respuesta inicial fue de casi cuatro segundos. Hoy el mismo proceso no llega al segundo y medio.
Cuando llegó el primer caso documentado de suplantación con máscara de silicona en una sala de mercados, el equipo ya llevaba meses midiendo reflectancia en el rango SWIR. No fue una reacción: fue la confirmación de que la emisividad térmica era la banda que faltaba en las cámaras RGB que ya existían en los puestos.
La reconstrucción 3D entró después, casi por necesidad operativa. Los reflejos en pantallas curvas generaban falsos negativos y obligaban a repetir la captura. Añadir profundidad resolvió parte del problema y dejó otro sobre la mesa: el coste de calibración por puesto, que sigue siendo el punto donde más tiempo se pierde durante un despliegue.
El rollout de 400 estaciones en tres semanas dejó lecciones concretas. Los conectores USB-C fatigados y la temperatura ambiente de la sala fueron las dos variables que más afectaron al umbral de confianza. Desde entonces el protocolo de instalación incluye una medición térmica previa y una verificación a las 48 horas.
No trabajamos con la idea de una barrera infalible. Trabajamos con la idea de subir el coste del ataque hasta un punto donde deje de ser rentable. Esa es la decisión que sostiene cada elección de hardware que hemos tomado desde el principio.
La historia de IrisGuard no empieza con un producto cerrado, sino con una serie de decisiones tomadas en salas de operaciones reales. Cada etapa dejó una restricción concreta: tiempos de captura, condiciones de iluminación, calibración por puesto y soporte durante el despliegue. Lo que sigue es el recorrido de esas decisiones, desde el primer módulo IR montado a mano hasta los protocolos que hoy se aplican en mesas institucionales.